El diario de la Señorita Kadbury

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No me permitas dejarme convencer por mis miedos. No me permitas ceder a sus pedidos de inactividad.

No me permitas olvidar que todo intento es valioso. No quiero olvidar que aprender puede ser un gozoso desafío.

No me dejes caer junto a esas voces que dicen “no puedo” y que si algo llega a quitarme el sueño, que sea el deseo a mejorar y no la tortura por el error.

Dame la fuerza para vencer todas esas excusas y enseñame a fluír.

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Creo que uno de los pasos más grandes que estoy dando en los últimos años consiste en asumirme (hacerme cargo, reconocerme) a mí misma. Busco siempre la unión entre lo que hago, digo y siento. No siempre lo logro, pero el objetivo está.

Al decidir que lo mío es la música y que quiero terminar la Licenciatura cuanto antes (¡me quedan sólo 3 materias!), fue lógico sentir que el trabajo me dispersaba innecesariamente. Hablarlo con mis padres y tener su apoyo no solo a nivel económico fue muy, muy emotivo.

Así que aquí estoy, empezando mi última primera semana de clases (al menos en esta carrera). Con ganas de hacerla sin abandonar mis espacios propios con la música (canto, piano, ¡clown!).

Uno de los puntapiés a este cambio ocurrió en una de mis clases de piano: mi maestro me preguntó si me interesaba darle clases a una nena de 8 años. Le dije que sí, asustada e insegura. Llegué a casa y me puse a leer “Las bases psicológicas de la educación musical” (E. Willems) y encontré el marco de referencia para lo que creo una de las tareas que más me gratificarían a nivel laboral: despertar la musicalidad, la paciencia y el amor por lo que uno hace; abrir la percepción y abrirse el juego.

Ahí me di cuenta: encontré un camino. Desconozco aún qué forma(ción) tendrá, qué ya tengo, etc… pero estoy motivada, alegre y tranquila conmigo misma. Creo que por primera vez no siento ningún tipo de traición hacia mí misma.

Hará cosa de dos semanas ordené mi placard y me topé con cajas y cajas y cajas y cajas de apuntes de la Universidad.

Hará cosa de dos semanas me despedí de la que fue intermitentemente mi maestra de canto desde el 2006 hasta ahora.

Hará cosa de dos semanas, un compañero de trabajo me obligó a que le diera una clase de canto.

Y ahí entendí TODO. Entendí por qué constantemente dejaba sus clases, entendí lo que quería hacer, por qué había hecho lo que había hecho. Qué miedos me habían frenado.

Y empecé a recordar cosas que había dibujado de adolescente con respecto a la carrera, las cosas en blanco que había dejado…

y cómo hoy algunas ya iban teniendo pieza que encaje, al menos momentáneamente.

 

Se viene una época de cambios, se cierra un ciclo, se acerca un momento súper propio y personal. Sincero, honesto. El granito de arena que quiero aportar a esta sociedad.

Mañana subo los dibujos y las interpretaciones actuales. Y las consiguientes decisiones.

Me siento muy movilizada.

Llego a mi casa después de scoutear una clase de teatro. “¿Qué carajo vine a hacer en esta vida?” Me pregunté todo el día, con la certeza de que tengo algunas herramientas para que eso no me derrumbe. Pude concentrarme en leer unos compases de una cosita que me dio mi profesor de piano, pero no logro ubicar mi misión. Y un poco perdí el deseo.

Ni siquiera sé si quiero cantar, ahora que tengo tiempo y puedo. Y no sé qué quiero hacer.

Yo quería quererlo, quería construír algo lindo, quería conocer sus detalles y que él conociera los míos. No se dio (por su culpa). En un principio lo manejé bien e incluso en ciertos puntos me sentí y siento aliviada. Ahora me siento sola y lo extraño. Solo sé que me la tengo que bancar. No me conviene llamarlo. Tengo que renovar.

Y sé que no perdí mi capacidad de querer.

Hoy escribo porque necesito descargar mi angustia en algún lado.

Me siento muy insegura con Jimmy. Siento que no me quiere más, que está pensando en otras mujeres. En su ex novia y actual cantante, en la actriz de la obra de teatro que vimos el otro día y que agregó al FB. Preguntándome por qué no quisimos invitarnos a nuestros festejos de cumpleaños familiares. Preguntándome por qué hace días que casi no busca contacto conmigo y cuando le propuse de ir al cine dijo que “el viernes puede ser”.

No me gusta sentirme así. No sé cuánto es parte de mi inseguridad y cuánto corresponde a una distancia real. Lo cierto es que no ando recibiendo mensajes poéticos de su parte y las últimas veces que nos vimos no cogimos.

Lo extraño.

Los primeros tres sábados de junio falté a un taller de experimentación fono corporal al que asisto desde abril. Levantarse un sábado a las 10 de la mañana no es fácil, pero tampoco imposible.

Excusas siempre es fácil encontrar: el cansancio, la comida de anoche, las obligaciones académicas. Pero la verdadera razón era otra. En ese espacio empecé a toparme con mis propias barreras, desafíos que se sienten inmensos pero así de necesarios para ser plenamente yo. Para ser lo que necesito y quiero ser.

El sábado pasado me obligué a ir. Me empujé como hacía mi mamá cuando me daba miedo ir a natación. Yo casi que lloraba, pero una vez en el agua era feliz.

Y algo parecido sentí el sábado. Al estar ahí percibí con claridad que ese es el lugar que tengo que entrenar, animarme a saltar esas barreras o en principio observarlas.

De eso se trata este videíto que me encantó:

Seguramente haya otras áreas de mi vida donde todavía no me esté animando a crecer. Pero me tengo fe.

El muchachito se fue a Córdoba por el finde, de gira con su banda, (gran banda, por cierto). Antes de irse, lamentó no poder venir a escucharme cantar con el trío vocal de jazz (más un guitarrista) y prometió que juntos íbamos a tomar ese vino postergado por el antibiótico.

Llegó el lunes; el lunes propuso de vernos. Nos vimos el martes. Ni sus lesiones aún no recuperadas ni mi condición femenina extrema impidieron que las pieles se desearan.

Si bien no es la química que tuve con el Lobo tan prontamente, de a poco hay ciertos códigos corporales que se van entendiendo.

Después me agarra la verborragia de mensajes de texto, del chat. La necesidad constante de que me demuestre de algún modo que sigue gustando de mí.

Creo que nunca en la vida me sentí tan insegura con respecto a un chico. Siempre (hasta el Lobo inclusive) me entregaba completamente sin dudarlo. Me abría de par en par y así me iban lastimando en mayor o menor medida. Así hasta el golpe final, sumado a muchos golpes laterales familiares que me hicieron aprender a desconfiar.

Y ahora llegás vos, con toda esa dulzura y calma que no esperaba. Con esos alfajorcitos cordobeses y fuertes declaraciones de amor con errores de tipeo, que dejan dudas hasta de tu sobriedad.

Pasa un día que no sé nada de vos y mis viejas inseguridades reviven.

Este finde quiero que vengas a mi casa. Que conozcas mis cosas, mi cama, mi piano.

Quiero que me conozcas.


Manifiesto

Entre dudas existenciales, crisis vocacionales, amigas, amigos, chongos, novios, potenciales, ex-novios, amor, sexo, música, exámenes y más dudas existenciales, les escribe la Srita. Kadbury. Esta fanática del chocolate y los tés especiales, cuenta un poco de lo que va percibiendo adentro y fuera de sí. Atenti...

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