El diario de la Señorita Kadbury

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Hace ya unos meses que me revolotea un chico por la cabeza. El día que lo conocí, hace como 4 años, me pareció atractivo. Si bien nos cruzamos alguna que otra vez en fiestas y después en la facultad (estudia cine en la misma sede que yo), nunca pasó nada.

Chateamos varias veces y desde hace unos meses que nos empezamos a ver. Un día fuimos a tomar un café y me pareció demasiado genial para mí. No hablamos por un tiempito. Después tomamos otro café y dije “este chico está mal de la cabeza, pero quiero que sea mi amigo y quizás mi socio para proyectos audiovisuales”. Después de eso, fuimos a andar en bici y hablando bajo el sol, me volvió a parecer atractivo. A los pocos días, me contó que había conocido una chica que le rompía la cabeza pero que no se quería enamorar porque se iba de viaje (pero no hablaba de mí). Desde ahí, dejó de interesarme un poco pero me seguía llamando para hacer unos cursos de meditación, para ir a andar en bici, etc.

Vino a verme cantar, me volvió a hablar de la chica en un momento, de su viaje. Pero tampoco me la nombra mucho ni quiere dar detalles. No entiendo.

Hoy vamos a ir al Festival de Jazz de la ciudad juntos (me anoté en el workshop de canto: ¡un verdadero placer! Ya contaré con detalles). Veremos qué pasa con este muchacho.

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Se acerca fin de año y empiezo a armar el balance anual. Es inevitable revisar todo lo que pasó.

Para resumir, podría decir que este año toqué fondo con toda la depresión de mi vieja. Pero no fue del todo negativo porque me empujó a diferenciarme aún más de ella y focalizar más en mi vida.

Con todas las cosas, el año tiene su brillo: empiezo diciembre con convicción, segura de que lo que quiero hacer es cantar y hacer música. Tomando clases de piano con un nuevo profesor, focalizando en las composiciones y en la posibilidad de grabar un demo semi-profesional en el verano, buscando nuevas fechas…

Y eso me llena de felicidad.

Ayer se aclaró mi cabeza con respecto a mis eternas dudas vocacionales. Tanto estrujarse el cerebro por años resumido en solo dos opciones.

Opción A. Siempre lo intelectual me resultó fácil. Toda la escuela la hice sin ningún problema, hasta demasiado bien diría. La elección de una carrera se veía teñida de cierta obligación a “hacer algo significativo” con mi vida, con mi cerebrito (jeje). De a poco me fui despojando de esas presiones y me di cuenta de que tenía habilidad para todo lo que significara organizar, armar, producir. Incluso comunicar. En esa línea se inscribe la carrera universitaria que estoy haciendo y de lo que estoy trabajando. Incluye, también, la idea de producir cosas audiovisuales. Es algo con lo que probablemente podría vivir, pero no me produce ningún tipo de miedo al fracaso. Es decir, que ser exitosa en eso significaría una felicidad totalmente parcial y fragmentada; que el techo ya lo conozco y tampoco me produce demasiadas ilusiones.

Opción B. Hace unos 7 años, progresivamente, descubrí una semilla adentro mío. Regándola con amor y bastante miedo por no saber de dónde venía ni a dónde iba, creció de a poquito hasta convertirse en un brote. Ese brote mostraba sus primeros colores: emocionalidad, sinceridad, obstáculos, creatividad, conexión, hasta incluso espiritualidad. Seguía asustándome y atrayéndome, como la bola mágica de un adivino. Eso es la música en mi vida. Un desafío, un terreno virgen y desconocido, un camino de muchos obstáculos pero de muchas posibles satisfacciones.

Si muriese mañana, ¿por cuál lamentaría no haber apostado? La opción A es una herramienta, un ¿don? que debo saber que tengo para sobrevivir… pero mi vocación, mi llamado interno, mi deseo va por la segunda.

Yo venía tan decidida a dejar esta carrera y probar suerte 6 meses con la música que ahora nadie entiende mis planes. Ni yo entiendo, sinceramente.

Las prioridades se reacomodaron y terminar la carrera cobra sentido en mi interior. Sobre todo, porque me falta poco y por las posibilidades a las que me abre puertas.

Dejé de esperar ese fuerte llamado vocacional que indicara mi misión en la tierra. Ahora solo busco las actividades que se conecten con un deseo tangible mío o al menos una curiosidad genuina. Quizás es menos pretensioso, quizás está bien, quizás bajé los brazos.

No sé. No sé de qué quiero trabajar, no sé cuál es mi objetivo laboral. No sé cuál es mi misión en la vida.

Pero sí sé que estoy contenta con todo lo que estoy haciendo en este momento de mi vida. Y, a fin de cuentas, creo que eso es lo que importa. ¿O no?

Con mi mejor amigo tenemos una teoría: los occidentales creemos que la felicidad se alcanza marcando con un tic determinados casilleros. Casilleros como “trabajo”, “Salud”, “familia”, “amor”. En nuestra teoría, si uno de los casilleros está sin marcar, la felicidad no existe. Si tenemos todos marcados, deberíamos ser felices.

Esta teoría no me cierra porque, para mí, la felicidad no significa eso, no es un lugar al que llegamos. Yo creo que la felicidad son pequeños momentos de puro disfrute del presente.

Lo que sí rescato de esta teoría es que hay algo de esa ansiedad por tapar agujeros o marcar casilleros en nuestro accionar cotidiano. Apenas resolvemos algún aspecto (como por ejemplo, mi nuevo trabajo), empezamos a buscar cuál es el otro área por llenar (amor).

En parte, el deseo funciona por la carencia y no hay con qué darle; pero por otra parte, no quiero que esa necesidad constante de marcar casilleros me impida frenar un segundo y reflexionar-agradecer-contemplar-disfrutar los pequeños pasos que voy dando.

Es mi meta de la semana: disfrutar de mi nuevo trabajo, su ambiente dinámico y divertido, los compañeros, el contacto con la gente y no amargarme (aún) por mi soledad.

Mañana empiezo mi trabajo free-lance como runner en una agencia de castings. Es decir: llamar actores y convocarlos, hacer scouting en la calle, ayudar en los castings en sí. Lo que haga falta. Un trabajo para nada rutinario, rodeado de gente agradable y divertida -todos son o fueron actores-, a 6 cuadras de la facultad. Con horarios flexibles y extraños (como soy yo), ni siquiera tengo que trabajar todos los días. La paga no es mucha, pero está bien para empezar o al menos, tener hasta que aparezca otra cosa.

Y, a su vez, estoy haciendo una prueba de corrección de un libro de budismo (gracias, craigslist!).

Eso sí que es el poder de la invocación, ¿no?

Mi profesor de canto practica una rama del budismo que me gusta mucho. La meditación (con el mantra nam myoho renge kyo), se centra en conectar con los deseos más sinceros de uno. En ese momento, además, uno puede pedirle a esa fuerza total que está en todos nosotros y todo lo que nos rodea, que nos ayude a concretar ese deseo.

Hay algo de eso, de querer con ganas algo, de activar con lo que uno sí puede controlar, que hace que nuestros deseos sinceros empiecen a tomar forma.

“¿Por qué lo decís, señorita?” Porque hoy tengo una entrevista laboral.

¿Ustedes ya se preguntaron cuál es su deseo más profundo, urgente y sincero hoy?


Manifiesto

Entre dudas existenciales, crisis vocacionales, amigas, amigos, chongos, novios, potenciales, ex-novios, amor, sexo, música, exámenes y más dudas existenciales, les escribe la Srita. Kadbury. Esta fanática del chocolate y los tés especiales, cuenta un poco de lo que va percibiendo adentro y fuera de sí. Atenti...

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