El diario de la Señorita Kadbury

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El viernes a la noche fui a lo del Lobo. Preparó una cena muy vegetariana (qué otra cosa podíamos esperar del encuentro de una proto-macrobiótica y un muchacho con reflujo). Charlamos un rato, contando un poco qué fue de nuestras vidas en este año sin vernos. Después fuimos al sillón, como en los viejos tiempos, y la mimosidad empezó.

En su dormitorio me sentí completamente despistada: todo era tan igual y tan distinto a la vez. No entendía por qué.

Hicimos un time out y ahí pude comprender que la carga emocional que antes teñía todo, ya no estaba. Se lo plantée, porque no soy muy buena en eso de disimular. Lo entendió completamente, pero un poco se enojó.

Luego de un rato de mal humor, una improvisada lección sobre endecasílabos y un buen disco, volvimos a arremeternos, esta vez sin inconvenientes. Dormimos hasta que a las 9AM del sábado él ya daba vueltas en la cama y me empezó a hablar. Desayunamos, otro disco, otra arremetida. Almorzamos y me fui a un seminario sobre budismo.

Me pareció que le cuesta mucho conectar desde un lugar más sensible y no tan intelectual (eso no es mejor ni peor, solo distinto a mí); pude ver su coraza y simultaneamente percibir cuánto nos queremos.

Y, desde esta Kadbury un poquitito más adulta o más espiritual o más loquesea, me di cuenta de que ese “techo” del que él siempre hablaba, el límite a nuestra relación, nunca existió tangiblemente. Son y fueron impuestas por él, más allá de su “momento”.

Porque no sé si creerle a sus miradas “puanner”*, ni a su parlotear semi constante. No había entre nosotros una unión de corazón a corazón, como sí llegué a disfrutar por momentos con Shimmy. Sentí que el terror a permanecer en silencio encubría el temor a (no) conectar. Y la duda expresada en ese paréntesis me da bastante ansiedad.

Pero lo quiero volver a ver. Sin lugar a dudas.

 

 

(*: dícese de un estudiante o egresado de la facultad más snob de Buenos Aires, con altos grados de soberbia y enorme culto a la intelectualidad)

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– Quiero disfrutar a fondo de lo que me gusta. No quedarme con las ganas de más.

– Si bien está bueno algo de coquetería (y querer bajar 4 kgs), a la hora de cantar/tocar lo que importa es cómo suene.

– Todavía no terminó de emerger de mí lo que quiero hacer musicalmente, aunque sí a nivel laboral: sé que toca la música y la educación, pero todavía desconozco el formato que tendrá. 🙂

– Tengo que dejar de luchar con la carrera simplemente porque no voy a ejercer de crítica. Tengo que sentarme y terminarla, no queda nada y es un título que me va a servir.

– Me hace bien tirar todo lo que ya no necesito ni quiero y guardo “por las dudas”.

– Shimmy no es para mí. Pide disculpas por chat un viernes a la noche y ni siquiera puede explicar por qué se disculpa.

– El lobo todavía no me contactó. Cagón.

 

 

Tal vez

 

Este fin de semana

 

lo vea

 

luego de un año

 

sin vernos.

 

Al lobo.

De a poco voy sintiendo que voy deshaciéndome de mis inhibiciones, de mis mecanismos de defensa e incluso de algunos miedos inútiles.

Voy liberando el terreno, esperando que aflore algo interno que quiera expresar. Lo que viene apareciendo no tiene formato de canción: tiene más formato de búsqueda que quiero compartir, difundir, ampliar… ¿Está mal?

Es como un deseo a ser docente, a colaborar con la felicidad de los demás. ¿Y si no vine a cantar si no a enseñar a cantar o música en general, y desde ahí a vivir más feliz y en contacto con uno mismo?

¿Me gusta cantar? ¿Por qué no me surge tan naturalmente cantar  (con el alma desnuda) ni componer?

No importa. A seguir pelando capas ajenas hasta encontrar lo más propio. Sea lo que sea.

Llego a mi casa después de scoutear una clase de teatro. “¿Qué carajo vine a hacer en esta vida?” Me pregunté todo el día, con la certeza de que tengo algunas herramientas para que eso no me derrumbe. Pude concentrarme en leer unos compases de una cosita que me dio mi profesor de piano, pero no logro ubicar mi misión. Y un poco perdí el deseo.

Ni siquiera sé si quiero cantar, ahora que tengo tiempo y puedo. Y no sé qué quiero hacer.

Yo quería quererlo, quería construír algo lindo, quería conocer sus detalles y que él conociera los míos. No se dio (por su culpa). En un principio lo manejé bien e incluso en ciertos puntos me sentí y siento aliviada. Ahora me siento sola y lo extraño. Solo sé que me la tengo que bancar. No me conviene llamarlo. Tengo que renovar.

Y sé que no perdí mi capacidad de querer.

No creo en decirte adiós

No quiero decirte adiós.

Solo querría escucharte tarareando mi canción,

sin que tus fantasmas te acobarden.

Se viene una que otra poesía

que recuerde entre líneas esos momentos puros.

No creo que haya sido una ilusión

No quiero que muera mi ilusión.

 

Hoy escribo porque necesito descargar mi angustia en algún lado.

Me siento muy insegura con Jimmy. Siento que no me quiere más, que está pensando en otras mujeres. En su ex novia y actual cantante, en la actriz de la obra de teatro que vimos el otro día y que agregó al FB. Preguntándome por qué no quisimos invitarnos a nuestros festejos de cumpleaños familiares. Preguntándome por qué hace días que casi no busca contacto conmigo y cuando le propuse de ir al cine dijo que “el viernes puede ser”.

No me gusta sentirme así. No sé cuánto es parte de mi inseguridad y cuánto corresponde a una distancia real. Lo cierto es que no ando recibiendo mensajes poéticos de su parte y las últimas veces que nos vimos no cogimos.

Lo extraño.


Manifiesto

Entre dudas existenciales, crisis vocacionales, amigas, amigos, chongos, novios, potenciales, ex-novios, amor, sexo, música, exámenes y más dudas existenciales, les escribe la Srita. Kadbury. Esta fanática del chocolate y los tés especiales, cuenta un poco de lo que va percibiendo adentro y fuera de sí. Atenti...

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