El diario de la Señorita Kadbury

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Hace unas semanas intenté volver a escribir. Había muchas aristas distintas por las que empezar, todas ellas teñidas de gris.

Hoy siguen sin brillar, pero de a poco las voy puliendo y estoy contenta, positiva o algo así.

Las decisiones van tomando forma, las cosas se van acomodando… a veces es cuestión de tener paciencia y confiar en que el deseo nos guiará con sabiduría.

Y ahora, en items y categorías, el status de mi vida:

  • Decisión 1: mi centro es la música. Este año me recibo de Licenciada en Crítica de Artes sonoras, pero mi foco está en hacer y hacer música. Más allá de las bandas y proyectos, individualmente estoy segura de que va por ahí.
  • Decisión 2: así como trabajar fue una fuente de salud mental en un momento crucial de mi vida, en ESTE momento significa irme del eje. Dado que mis santos padres tienen la suerte de poder bancarme (y yo tengo la suerte de tenerlos a ellos como padres), decidí postergar la total independencia en pos de profundizar mi formación.
  • (in)Decisión 3: Dudo que mi formación vaya para el lado de la Psicología. Hoy siento que va para el lado de la docencia en la música.
  • Decisión 4: estoy a dieta hace una semana y media. No es una dieta muy estricta: es muy balanceada y me ayuda a organizarme. Hace casi un mes que retomé pilates y me estoy dejando el pelo largo. Quiero estar contenta con mi imagen y eso también se plasma en que estoy buscando un estilo más personal y adecuado de vestir. ¡Hasta los muebles adapté a mi nuevo ser! Se vienen las fotos.
  • Decisión 5: después de muchos histeriqueos con el compañero de trabajo (hoy, incluso, me invitó al cine: dijo que me llamaba al salir de la facultad y nunca lo hizo) me cansé. Si en algún momento se da, se da… mientras, soledad.
  • Decisión 6: invocar o hacer el daimoku me está haciendo super bien. Una vez por semana voy a lo de mi profesor de canto a invocar en grupo. Me gustaría sumarle una invocación más.
  • Decisión 7: hago más por placer y menos por compromiso.
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El viernes fui al primero de dos encuentros de Introducción al arte de meditar. Estuvimos hablando un rato largo sobre el fin de dicha práctica, las distintas formas de hacerlo, etc. Si bien la que daba la charla no era una muy buena oradora, dijo algunas cosas que me quedaron resonando.

La segunda parte fue práctica y mucho más linda. Fuimos al cuarto de meditación: una habitación cuadrada con muchos almohadoncitos contra las paredes, rodeando una mesa baja con libros sagrados, sahumerios e instrumentos musicales. Nos sentamos cómodos, respiramos un rato, repetimos OM y después nos quedamos en silencio, mientras la profesora explicaba la importancia de ese cierre. Algunas líneas creen que el mantra es el momento del llamado a Dios por lo que el silencio siguiente es cuando él nos responde.

Los poquitos que éramos estábamos muy concentrados, se escuchaba hasta el roce del aire al respirar. Esperando la respuesta de Dios, ¡¡mi celular empezó a vibrar!!

¡Qué vergüenza, Dios mío! Lamentablemente, en los mensajes de texto no había ninguna respuesta sagrada. Aún.

En estos últimos años reaprendí algunas cosas fundamentales sobre cómo quería vivir mi vida. Voy a intentar compartilas, quizás a algunos les resulten obvias o incluso erradas, pero cualquier comentario es bienvenido.

  • Sobre cómo usar mi tiempo.

Antes. Llegaba marzo y yo empezaba a enloquecer. Quería saber cómo iba a ser todo mi año: horarios, presupuesto, actividades extracurriculares. Quería saber todo, organizar todo en función de algún resultado final ya fuera laboral o personal. Quería saber qué futuro me estaba preparando. Cada decisión tenía que ser la correcta, no me permitía equivocarme. No podía desperdiciar tiempo (ni dejar huecos libres en la semana.

Ahora. Movida por mi instinto y necesidad del momento, me permito ir probando, cambiando. Algunas cosas hay que definirlas porque no queda otra, como la facultad; pero las demás las voy amoldando a cada circunstancia.

  • Sobre cómo elegir

Antes. Como dije en el punto anterior, las actividades se elegían mayormente en función de un resultado final. Todo debía tener un para qué, ser un camino a la perfección. Aquello que no condujera a una determinada perfección, no tenía sentido.

Ahora. Ayer probé una clase de entrenamiento corporal y exploración del cuerpo, dictado por una bailarina y coreógrafa muy reconocida de Buenos Aires. El grupo, de unas 40 personas, cuenta con muchísimos bailarines profesionales. Por suerte, la profesora abre el espacio a “gente común”, para que podamos conectar con nuestra materialidad, nuestra sensibilidad, en movimiento. La Señorita de antes hubiera decidido no ir: no quiere ser bailarina, no va a ser tan buena como los demás, ¿para qué?. Pero la Señorita hoy quiere abrir esos canales, quiere descubrir, dejarse llevar. Quiere disfrutar y aprender. Probablemente no sea “tan buena” como los demás, pero está dispuesta a entrar en ese camino de conocer las posibilidades de su cuerpo y está comprometida con la causa. Además, la va a ayudar a bajar unos kilitos y tonificar las zonas problemáticas (guiño guiño).

  • Sobre cómo vivir lo cotidiano.

Antes. Yo pensaba que uno estaba irremediablemente destinado a continuar los hábitos cotidianos de su familia. Desde la alimentación hasta el modo de caminar, pasando por la decoración de su casa, sus ejercicios, los sentires.

Ahora. Quiero vivir conectada conmigo misma. Quiero disfrutar de prepararme la cena, de lavar los platos. Sé que puedo elegir qué comer, ampliar mi paladar y apostar por la cocina saludable. Quiero mi propio espacio, mis tiempos, mis silencios.

  • Sobre mi misión en la vida

Antes. Yo creía, fruto de mis buenas notas en la secundaria, que había venido a esta vida para resaltar, para marcar una gran diferencia. Engreída yo, claro está. Creía que tenía que encontrarle un gran sentido, un objetivo específico para cambiar el mundo. (¡Qué omnipotente! ¡Cuánta exigencia me generaba!)

Ahora. Creo que bajé la exigencia: vine a esta vida a aprender varias lecciones, a disfrutar. Mi aporte será un granito de arena y con eso ya es bastante. Mi trabajo, mi tiempo, mi vida la dedico a una búsqueda personal que puede o no llegar a favorecer a los demás. De todos modos, creo que si uno está en paz consigo mismo, colabora a la paz general.

 

(Me hace feliz saber que) Continuará

Ayer se aclaró mi cabeza con respecto a mis eternas dudas vocacionales. Tanto estrujarse el cerebro por años resumido en solo dos opciones.

Opción A. Siempre lo intelectual me resultó fácil. Toda la escuela la hice sin ningún problema, hasta demasiado bien diría. La elección de una carrera se veía teñida de cierta obligación a “hacer algo significativo” con mi vida, con mi cerebrito (jeje). De a poco me fui despojando de esas presiones y me di cuenta de que tenía habilidad para todo lo que significara organizar, armar, producir. Incluso comunicar. En esa línea se inscribe la carrera universitaria que estoy haciendo y de lo que estoy trabajando. Incluye, también, la idea de producir cosas audiovisuales. Es algo con lo que probablemente podría vivir, pero no me produce ningún tipo de miedo al fracaso. Es decir, que ser exitosa en eso significaría una felicidad totalmente parcial y fragmentada; que el techo ya lo conozco y tampoco me produce demasiadas ilusiones.

Opción B. Hace unos 7 años, progresivamente, descubrí una semilla adentro mío. Regándola con amor y bastante miedo por no saber de dónde venía ni a dónde iba, creció de a poquito hasta convertirse en un brote. Ese brote mostraba sus primeros colores: emocionalidad, sinceridad, obstáculos, creatividad, conexión, hasta incluso espiritualidad. Seguía asustándome y atrayéndome, como la bola mágica de un adivino. Eso es la música en mi vida. Un desafío, un terreno virgen y desconocido, un camino de muchos obstáculos pero de muchas posibles satisfacciones.

Si muriese mañana, ¿por cuál lamentaría no haber apostado? La opción A es una herramienta, un ¿don? que debo saber que tengo para sobrevivir… pero mi vocación, mi llamado interno, mi deseo va por la segunda.

Yo venía tan decidida a dejar esta carrera y probar suerte 6 meses con la música que ahora nadie entiende mis planes. Ni yo entiendo, sinceramente.

Las prioridades se reacomodaron y terminar la carrera cobra sentido en mi interior. Sobre todo, porque me falta poco y por las posibilidades a las que me abre puertas.

Dejé de esperar ese fuerte llamado vocacional que indicara mi misión en la tierra. Ahora solo busco las actividades que se conecten con un deseo tangible mío o al menos una curiosidad genuina. Quizás es menos pretensioso, quizás está bien, quizás bajé los brazos.

No sé. No sé de qué quiero trabajar, no sé cuál es mi objetivo laboral. No sé cuál es mi misión en la vida.

Pero sí sé que estoy contenta con todo lo que estoy haciendo en este momento de mi vida. Y, a fin de cuentas, creo que eso es lo que importa. ¿O no?

En terapia los temas se van agotando. Después de una larga tempestad, con temas nuevos a cada semana y sesiones que no me alcanzaban, hoy por hoy empieza a aparecer el silencio.

A un año de recibirme. 2 y/o 3 proyectos musicales entre manos y formándome en esa área. Ideas de proyectos fotográficos. Un nuevo trabajito que me alegra y en el que me quiero quedar un tiempo. Diferenciándome cada vez más de mis padres. Con relaciones más sinceras, estrechas y de par a par con mis hermanos porteños. Ganas de irme a vivir sola. Sin necesidad de un hombre que me sostenga, pero con fe de que va a aparecer un muchacho que quiera y sepa acompañarme y dejar que lo acompañe. Más grande y más adulta.

Creo que en estos últimos años (y tiempos) crecí y cambié mucho. Y hay algo que se está asentando, armando en mí. Tomando una forma concreta y a la vez flexible. Más definida, quizás.

Se va acercando el fin de una etapa. Y se ve.

Con mi mejor amigo tenemos una teoría: los occidentales creemos que la felicidad se alcanza marcando con un tic determinados casilleros. Casilleros como “trabajo”, “Salud”, “familia”, “amor”. En nuestra teoría, si uno de los casilleros está sin marcar, la felicidad no existe. Si tenemos todos marcados, deberíamos ser felices.

Esta teoría no me cierra porque, para mí, la felicidad no significa eso, no es un lugar al que llegamos. Yo creo que la felicidad son pequeños momentos de puro disfrute del presente.

Lo que sí rescato de esta teoría es que hay algo de esa ansiedad por tapar agujeros o marcar casilleros en nuestro accionar cotidiano. Apenas resolvemos algún aspecto (como por ejemplo, mi nuevo trabajo), empezamos a buscar cuál es el otro área por llenar (amor).

En parte, el deseo funciona por la carencia y no hay con qué darle; pero por otra parte, no quiero que esa necesidad constante de marcar casilleros me impida frenar un segundo y reflexionar-agradecer-contemplar-disfrutar los pequeños pasos que voy dando.

Es mi meta de la semana: disfrutar de mi nuevo trabajo, su ambiente dinámico y divertido, los compañeros, el contacto con la gente y no amargarme (aún) por mi soledad.


Manifiesto

Entre dudas existenciales, crisis vocacionales, amigas, amigos, chongos, novios, potenciales, ex-novios, amor, sexo, música, exámenes y más dudas existenciales, les escribe la Srita. Kadbury. Esta fanática del chocolate y los tés especiales, cuenta un poco de lo que va percibiendo adentro y fuera de sí. Atenti...

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